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La obesidad no es un fallo de voluntad, como está estigmatizado a nivel social, ni un problema individual: es una enfermedad compleja con raíces profundas en un cerebro adaptado para sobrevivir en la escasez.
Un nuevo estudio en ratones revela la importancia de una molécula (la neurotensina) en esa pérdida de satisfacción, que impulsa a comer más y a buscar alimentos con sabores más intensos.
Las situaciones estresantes influyen sin duda en el apetito, pero cada persona responde de una manera diferente debido a una conjunción de factores biológicos y psicológicos.
Comer de manera pausada, masticando lentamente y percibiendo los sabores, no solo fomentará la sensación de saciedad, sino que también mejorará nuestra digestión.
El simple hecho de mirar imágenes de comida nos abre el apetito y activa los resortes fisiológicos de la ingesta, pero, como sugieren recientes estudios, también podría quitarnos las ganas de comer.
Basta mascar chicle durante 45 minutos para que se reduzca el apetito y picoteemos menos entre comidas. Y no acaban ahí las ventajas de la goma de mascar: estudios recientes sugieren que puede reducir el estrés y la inflamación de las encías.
Comer o no comer, esa es la cuestión. La insulina y la leptina regulan cuánta comida ingerimos. Y la resistencia a estas hormonas puede llegar a generarnos obesidad, diabetes o incluso alzhéimer.
Nuestro organismo dispone de sofisticados mecanismos neuronales y hormonales, automáticos y conscientes que regulan la cantidad de alimentos que necesitamos ingerir.
Aunque sentir hambre sea una sensación común, en ella y en su oponente, la saciedad, interfieren multitud de factores, tanto físicos como emocionales.








