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El problema no está en que las máquinas reconozcan lo que ven, sino en que interpreten lo que creen que esa imagen dice sobre nosotros. Y ahí surge una pregunta clave: ¿están diseñadas para servir nuestros intereses o para explotar patrones de comportamiento que ni siquiera reconocemos?
La obsesión por la apariencia puede llevar a que la persona afectada por este trastorno quiera asemejarse a su imagen modificada por los filtros de las redes sociales, incluso acudiendo a la cirugía estética.
El reconocimiento facial se emplea para tareas cotidianas como pasar el control de un aeropuerto, desbloquear el móvil o autorizar un pago, pero implica unos riesgos que es necesario conocer.
La pandemia nos puso a todos delante de las pantallas en videoconferencias y fue entonces cuando muchas personas se dejaron de gustar y su autoestima comenzó a bajar. Ese nuevo trastorno se llama ‘dismorfia de Zoom’.
Juzgamos cotidianamente nuestra propia imagen, y los filtros que se aplican en redes sociales modifican esta valoración hasta el punto de estar aumentando las intervenciones estéticas.
Estudios de reconocimiento facial demuestran que reconocemos mejor y más rápido nuestra cara frente a otras conocidas. La atención le da prioridad al propio rostro. De ahí el posible auge de los ‘selfies’.
Frente a la visión dominante de los selfis como reflejo de un narcisismo individualista patológico, muchos estudios evidencian que son, sobre todo, una forma de comunicarse con los otros.
Antes sometíamos a los amigos a pases de diapositivas vacacionales. Ahora compartimos los viajes en vivo con una audiencia remota.
¿Cuáles son los límites sobre la información que los adultos comparten de sus hijos menores de edad? El autor aconseja a los padres que no suban a la red imágenes que no cuenten con su consentimiento.
Hacer fotos de un evento en lugar de disfrutarlo sin más preocupaciones conlleva una menor capacidad de recordarlo al distraernos en el proceso de la inmortalización.








