Vacas en una granja de ganadería intensiva

La selección: ¿cómo arreglamos el sistema alimentario?

Somos más de ocho millones de humanos en la Tierra. Más de ocho millones de personas que necesitan comer todos los días. Afortunadamente, hemos desarrollado diferentes avances científicos y técnicos que nos han permitido producir y distribuir alimentos por gran parte del mundo, pero el coste ambiental ha sido enorme: la agricultura y la ganadería generan abundantes emisiones de gases de efecto invernadero, consumen mucha agua y provocan pérdida de biodiversidad, contaminación y deforestación.

La huella que deja este modelo en el planeta es insostenible, pero hay un amplio margen para el cambio.

Menos desperdicio y fertilizantes más eficientes

Una forma de mejora consiste en reducir el desperdicio. Ahora mismo, tiramos a la basura un tercio de los alimentos producidos en todo el mundo, tanto por parte de la industria como en los hogares. Y con ellos, desperdiciamos los recursos empleados para generarlos. Para frenar esta tendencia es necesario actuar en todos los niveles de la cadena alimentaria, desde el usuario final hasta los agricultores y distribuidores.

Otras estrategias se centran en modificar las prácticas agrícolas, por ejemplo, con una fertilización más eficiente (el nitrógeno no utilizado por las plantas contamina el suelo, la atmósfera y el agua), reduciendo la necesidad de riego y cuidando la salud del suelo y la biodiversidad.

También en el caso de la ganadería, es posible reducir el consumo de agua y priorizar las prácticas de pastoreo frente al modelo industrial.

Mayor consumo de algas e insectos

Incluir más productos vegetales y marinos, y disminuir el consumo de aquellos de origen animal en nuestra dieta, contribuye a limitar las emisiones de gases de efecto invernadero del sistema alimentario.

Pero además, existen otras alternativas más allá de los alimentos tradicionales. Por ejemplo, las algas y las microalgas constituyen fuentes interesantes de nutrientes cuya obtención tiene un bajo impacto ambiental (no requieren tierra cultivable, fertilizantes ni agua dulce) y puede, de hecho, contribuir a mitigar el cambio climático y la acidificación de los océanos.

Los insectos suponen otra opción innovadora con una baja huella ecológica. Su cría requiere menos recursos, emite menos gases de efecto invernadero y genera menos desechos que las fuentes tradicionales de proteína animal. La industria en torno a este alimento está creciendo considerablemente, y en Europa ya se han aprobado cuatro especies para el consumo humano.

Solo cambiando el actual esquema de producción y consumo de alimentos podremos alcanzar los objetivos de reducción de emisiones y de conservación de la biodiversidad, y garantizar la seguridad alimentaria de una población en constante crecimiento.