- Profesora Titular de Publicidad, Universidad Villanueva
La crisis de los “influencers” va más allá de la anécdota en redes. Permite revisar cómo se construye la confianza en el entorno digital. Especialmente cuando quienes están al otro lado de la pantalla son niños y adolescentes.
Cremas, maquillaje, gimnasio y suplementos nutricionales han pasado a formar parte del consumo cotidiano de muchos adolescentes. Los hijos perciben más control familiar, los padres creen que intervienen poco.
La Casita de Bad Bunny ha mostrado la influencia de los cánones de belleza en el éxito social. Una realidad que cualquier adolescente experimenta en redes.
Si el lenguaje y la creación de relatos son tan determinantes en el desarrollo social, ¿a qué riesgos nos estamos enfrentando ahora que los sistemas de IA pueden crear nuevos contenidos sin ningún tipo de supervisión humana? ¿Podrán definir cómo serán en el futuro los valores humanos?
Muchos adolescentes prefieren no discutir de política con amigos o fuera del entorno familiar, pero este silencio no evita el conflicto: permanece latente y tiende a polarizar.
La batalla corporativa por Warner Bros. Discovery ha mostrado que el futuro del sector ya no depende solo de quién produce las historias sino de quién controla los sistemas que las recomiendan, las financian y las monetizan.
¿Nos empujan las redes sociales a reírnos del aspecto de otros? Aunque no incurramos en burlas directas, a menudo aceptamos estos contenidos dando ‘me gusta’ o compartiendo.
Los adolescentes influyen en qué se compra en casa, pero sin conocer el contexto económico en que se hace el gasto.
Desde muy pequeños los niños usan los dispositivos de los adultos. Son receptores de mensajes publicitarios encubiertos para los que no están preparados.
Ver cuerpos delgados en redes hace que los adolescentes estén más predispuestos a rechazar cuerpos no normativos.
Los ‘influencers’ del ‘fitness’ moldean la percepción corporal ideal entre adolescentes, generando presión y potenciales problemas de salud mental y física debido a estándares de belleza inalcanzables. Las chicas se sienten más presionadas para estar delgadas; los chicos, para aumentar sus músculos.
Los grados que hayan adaptado sus planes de estudio a las necesidades del sector están preparados para formar a ‘influencers’, contribuyendo así a su profesionalización manera ética y responsable.
Los vídeos protagonizados por menores que comparten sus trucos de belleza revelan una realidad preocupante: el acceso de niños, niñas y adolescentes a productos de maquillaje y cosmética no adecuados para su edad.
Cuando participan en retos virales, los menores tienden a considerar lo peligroso como sinónimo de vistoso e impactante. Y relativizan el riesgo a favor del espectáculo y la viralidad.
La falta de regulación específica con respecto al marketing de influencia no contribuye a atajar el riesgo de obesidad infantil y las consecuencias emocionales y de autoestima que genera el consumo de alimentos poco saludables.
Los adolescentes son conscientes de los trucos de los influencers y de que buscan vender; pero lo aceptan como parte del juego sin plantearse la dimensión ética o su efecto en personas vulnerables.
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