- Profesora en el Departamento de Didáctica y Organización escolar, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Ir caminando al colegio, a ser posible sin padres o adultos, es recomendable no solo porque los niños hacen más ejercicio: mejora su sentido de autonomía y su conocimiento del entorno en el que viven.
La infancia es la etapa clave para prevenir las conductas antisociales. Hay que acompañar a niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo con estrategias multidisciplinares específicas.
Mayores de entre 61 y 91 años y niños de primaria han aprendido juntos a disfrutar de la lectura y a crear puentes, muy necesarios, entre generaciones.
Es necesario incorporar en los currículos oficiales y en la educación no formal espacios donde se le preste especial atención a la educación emocional y la educación en salud de los niños y niñas ante las carencias en este sentido que la pandemia ha sacado a la luz.
Conectar colectivos que pueden sufrir una mayor desprotección a través de experiencias intergeneracionales posibilita la creación de sociedades igualitarias y abiertas para todas las edades. Está surgiendo la imperiosa necesidad de crear espacios compartidos en los que diferentes generaciones se relacionen entre sí.
Las nuevas formas de consumir porno por parte de los adolescentes, y también de los adultos, y la ausencia de una educación afectivo sexual de calidad en los centros educativos y en las propias familias genera machismo, explotación sexual infantil y relaciones de sexo violentas.
Analizar los errores cometidos durante una pandemia es fundamental para evitar cometer los mismo errores en futuras crisis. Con este objetivo ha nacido el Libro Blanco del covid-19.
Es necesario diseñar nuevas formas de proteger a las personas más vulnerables promoviendo la educación y el desarrollo social de la infancia y juventud, mejorando la calidad de vida, la interacción social y los cuidados personales.
Al pedir a niños y niñas de entre 6 y 11 años que dibujaran su vivencia de la pandemia, los papeles se llenaron de imágenes del virus, mascarillas, calles vacías, el SARS-CoV-2 atacando a un mundo enfermo y también arcoiris.
La promesa de la “ley Celaá” de integrar a los niños con necesidades especiales en los colegios ordinarios no parece posible sin dotar de recursos y poner en marcha políticas inclusivas que acaben con la marginación que aún sigue existiendo.
La adaptación a la enseñanza en línea, la inestabilidad laboral en la pandemia, la tensión por hacer que las normas sanitarias se cumplan en las aulas, el teletrabajo… Estas y otras causas han hecho que el estrés haya llegado a los profesores en uno de los cursos más complicados que han tenido.
A principios de 2020, el mundo en que vivimos cambió de la noche a la mañana como resultado de una pandemia sin precedentes que no nos ha dejado indiferentes.
La interconexión de varias disciplinas diferentes se ha convertido en una de las posibilidades de solución más dinámicas a muchos problemas, entre ellos algunos tan graves como la COVID-19. Un grupo de profesoras ya lo está trabajando con sus alumnos desde la universidad.
Un equipo de investigadores ha estudiado cómo viven niños y niñas el confinamiento. Muchos coinciden en que se encuentran solos sin sus amigos, echan de menos a los abuelos, a sus profesores y sueñan con moverse libremente en espacios abiertos.
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