- Profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación. Psicoanalista, UOC - Universitat Oberta de Catalunya
Charlie y Olatz narraron el curso de su cáncer hasta el último momento, un acto que desmonta el ideal de mostrar vidas idílicas a través de las redes sociales.
Varón, en situación de exclusión social, con fácil acceso a las armas y violentados internamente por algún motivo. Así son los jóvenes que atacan escuelas en EE. UU. y que casi siempre dejan la huella de su crimen en redes sociales.
En su intercambio epistolar, Einstein y Freud reflexionan acerca de la inevitabilidad de la II Guerra Mundial. Observan la pulsión destructiva inherente a los humanos, y lo difícil que es evitarla.
A pesar de que la imagen que hoy en día se tiene de la salud mental ha evolucionado, seguimos enfrentándonos a problemas de estigmatización y aislamiento de quienes sufren patologías relacionadas. Esta vez a causa de un ‘autodiagnóstico’.
En casi dos años de pandemia, tras el distanciamiento social, las pérdidas personales y una continua incertidumbre, ha aumentado el malestar psicológico. Especialmente en los grupos más vulnerables.
La crisis sanitaria por covid-19 ha generado una serie de consecuencias sociales que pueden haber llegado para quedarse. La protagonista en muchas de ellas es la presencia de la vida y la experiencia ‘online’ y virtual.
La distancia social y otras de las recomendaciones para minimizar el riesgo de contagio por covid-19 han hecho del miedo irracional al contacto con otras personas, la hafefobia, algo común. ¿Cambiará nuestra forma de relacionarnos?
El reto de nuestra era digital y del (buen) uso que podemos hacer de los dispositivos electrónicos es no quedar atrapados en la compulsión y la repetición de lo mismo.
La pandemia nos ha hecho experimentar en ciertos momentos la sensación de exilio. Entre otras cosas por la decepción de lo que no llega tras las expectativas de la desescalada y por las pérdidas que se acumulan.
A diferencia de las matemáticas o la historia, la experiencia de la sexualidad no se puede transmitir. Y adquirirla es una prioridad para los adolescentes, que relativizan los riesgos de la COVID-19.
Para la mayoría salir supone una oportunidad que aprovechan tomando precauciones, sin ignorar ni los riesgos ni sus miedos, que les obligan a autoprotegerse. Pero también hay quien prefiere no saber.
El confinamiento nos ha traído una nueva y paradójica modalidad de cansancio: la fatiga de las videollamadas. Abusando de ellas y de las pantallas podemos cansarnos más que cuando salíamos de casa.
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