No hubo en Atapuerca truenos, ni rayos, ni centellas las noches del verano de 1054, sino un fenómeno celeste digno del mejor Shakespeare, que alumbró la muerte de un rey a manos de su hermano.
- Catedrático de Astrofísica, Instituto de Física de Partículas y del Cosmos IPARCOS, Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid
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